El gueto de Guayaquil
Luego
de Brasil, Ecuador reporta la tasa de contagio de coronavirus más elevada de
América Latina que, tomando en cuenta su densidad y pequeña extensión
territorial, lo podría convertir en el país con el mayor número de infectados
por cien mil habitantes. Si el coronavirus se agudiza en poblaciones con
débiles sistemas de salud –no “sistemas” en realidad–, Guayaquil sería el peor
lugar para el origen y propagación de la pandemia en Ecuador.
Describir
al dolor con palabras forma parte de una narrativa aislada, de un testimonio
que intenta acercarnos a una realidad que sólo existe en el papel. Los
padecimientos de quienes sobrevivieron al holocausto apenas quedan en la
memoria. Se reproducen únicamente cuando son invocados por la investigación
social. Ahí las largas filas para la provisión de alimentos, la imposibilidad
de salir más allá de lo delimitado, las restricciones policiales a lo sanitario
y la intervención militar a la desobediencia. Al mismo tiempo, junto a lo que
se muestra como un “orden”, también coexiste el caos. Personas que son
golpeadas por lo que son más que por lo que hacen –o no hacen–, sobrevivientes
que comienzan a sentir hambre y muertos que yacen en las veredas a la vista de
todos. Una imagen en blanco y negro que nos traslada definitivamente al gueto
de Varsovia.
75
años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, la alcaldesa de Guayaquil
esgrimió un lema que se convertiría en una sentencia para su propia ciudad:
“nadie entra y nadie sale”. Aunque la prerrogativa de dictar el estado de
excepción le compete exclusivamente al presidente de la República, el pánico
por la propagación del coronavirus impulsó a la burgomaestre a radicalizar esta
medida a la medida de la ciudad más grande y poblada del Ecuador. Pronto
Guayaquil quedaría aislada por cielo, mar y tierra. En efecto, el 18 de marzo
el vuelo 6453 de la compañía Iberia fue impedido de aterrizar. Sobre la pista
estaban apostados varios policías municipales, materializando aquel lema
devenido en sentencia. A pesar que esta acción pudo poner en riesgo la vida de
los tripulantes y la seguridad de un vuelo internacional, aquella medida iba a
significar el comienzo de una pesadilla.
Más
allá de la anhelada libre movilidad humana y del mundo cosmopolita que las
políticas migratorias y visados aún niegan, la globalización ha significado
también la imposibilidad de restringir el comercio. Con ello, los vuelos
internacionales subordinados a la fórmula de las ganancias que reportan las
empresas. En este sentido, la relación entre Ecuador y Europa, el continente
que ahora es el foco de la infección por encima de China y Asia. Los países
donde el Covid-19 mostró los precarios sistemas de salud son, precisamente,
aquellos donde reside la mayor cantidad de ecuatorianos: Italia y España. De
ahí que, así como algunas enfermedades llegaron con los barcos de la
colonización española, el coronavirus habría de llegar en los aviones que
transportaban a nuestros migrantes a casa.
Pero
volver al Ecuador no iba a ser igual. Hace mucho tiempo que el país había
adoptado una política de economía de libre mercado. De este modo, la
no-intervención del Estado para la libertad de empresas y bancos, así como su
reducción a un aparato burocrático militar y policial, desplazando la idea de
un Estado Social que maximiza la inversión pública en salud y educación, porque
para los economistas del mercado esto es un problema definido como “gasto”.
Ecuador
no se representa sólo bajo el emblema de estar en la Mitad del Mundo. Desde el
gobierno de Lenin Moreno fue el punto de partida para desmantelar la Unión de
Naciones Sudamericanas (Unasur), priorizando la relación con los Estados Unidos
de Norteamérica bajo la administración de Donald Trump, así como con la
Organización de Estados Americanos (OEA) a través de su secretario general,
Luis Almagro. Entre tanto, el gobierno de Moreno generó también un acercamiento
con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y sus traumáticas recetas, lo que
produjo la legítima protesta social el pasado mes de octubre. No obstante, el
carácter neoliberal del gobierno no fue afectado. En su lugar, cualquier
resquicio a Socialismo del Siglo XXI sería demonizado. Así, en coincidencia con
la apertura de procesos penales contra los líderes de la protesta pública, los
médicos cubanos habrían de ser despedidos.
En
este Ecuador se profundizaron aún más las brechas sociales (trabajo informal,
subempleo, desempleo), pero cuyo foco es palpable en su ciudad más desigual.
Con una cifra que supera los 2’698077 habitantes al interior de la
circunscripción urbana (INEC, 2020), Guayaquil se caracteriza por tener las
mayores contradicciones sociales del país. Y aunque paradójicamente es
gobernada durante más de veinte años por la derecha ecuatoriana (Partido Social
Cristiano – Madera de Guerrero), en esta ciudad se muestran extensos
asentamientos humanos –carentes de acceso a servicios básicos– junto a
apoteósicas mansiones construidas en ciudadelas amuralladas, dentro de un
imaginario que la proyecta a nivel nacional como una urbe moderna de grandes
edificios y de casas con techos de cartón.
Luego
de Brasil, Ecuador reporta la tasa de contagio de coronavirus más elevada de
América Latina que, tomando en cuenta su densidad y pequeña extensión
territorial, lo podría convertir en el país con el mayor número de infectados
por cien mil habitantes. Si el coronavirus se agudiza en poblaciones con
débiles sistemas de salud –no “sistemas” en realidad–, Guayaquil sería el peor
lugar para el origen y propagación de la pandemia en Ecuador. Una mezcla entre
agua y aceite que expondría en realidad la relación límite entre la vida y la
muerte. Sin embargo, el exponencial incremento de casos –en una ratio que se
aproxima al 80% del promedio nacional– convirtió a Guayaquil en una zona de
seguridad nacional, una denominación que le permite a las Fuerzas Armadas
asumir el control del espacio público, restringir por horarios el acceso a
mercados, imponer toques de queda e intervenir a ciudadanos que lo incumplan. Una
situación que se le parece a la aplicación de ley marcial mientras permanece
aislada. También, una realidad que se acerca a las imágenes en blanco y negro
del siglo pasado.
Aquellas
imágenes se recrudecen cuando dentro del aislamiento el “sistema” de salud no
logra dar respuestas. En Guayaquil las farmacias no tienen más mascarillas que
vender; los laboratorios –en gran medida privados– no se dan abasto para
realizar los test a quienes se sienten contagiados; y, los hospitales
permanecen abarrotados de pacientes que esperan en los pasillos, mientras otros
reclaman por respiradores para sobrevivir. De otro lado, los “muertos con
suerte” permanecen por días con familiares que exigen a las autoridades sean
retirados para brindarles al menos sepultura; al tiempo que los “sin suerte” se
muestran como cadáveres que aparecen sobre las aceras, exigentes al menos de
ser rotulados como NN. Una situación donde la catástrofe desborda cualquier
realidad.
De
ahí que, aunque no existe una cifra cierta de fallecidos, el número de
contagios y de víctimas ha llevado al gobierno a hablar de cremaciones masivas
y de fosas comunes. Se trata de la insostenible reducción de la pandemia en la
ciudad más moderna del Ecuador, donde el estado de sitio y la intervención
militar eclipsa al deficiente sistema de salud. Quien haya creído que en la
modernidad no hay lugar para el infierno se equivoca. Hoy el puerto principal
de la Mitad del Mundo reproduce a color lo que debía quedar en blanco y negro.
En su presente se vive la muerte y se presencia inescapablemente el dolor,
mientras tres millones de habitantes están conminados a permanecer en el gueto
de Guayaquil.
Jorge
Vicente Paladines:
Profesor de la Universidad Central del Ecuador
Miembro de Centralia, pensamiento jurídico popular
@jorgepaladines
Nota:
Publicado inicialmente en Página 12, Buenos Aires, 31 de marzo de 2020.
Comentarios
Publicar un comentario